
(Columna originalmente publicada en La Tercera, domingo 22 de junio 2008)
No cabe duda que Santiago es una ciudad segregada. Las oportunidades, infraestructuras y condiciones de vida que entrega la urbe no están equitativamente distribuidas por su geografía. Vitacura y
Para los grupos más acomodados este aislamiento puede ser inocuo, incluso deseado, pero la separación social y espacial tiene nefastas consecuencias en las capas menos favorecidas. Un estudio realizado por
Hay al menos tres transformaciones en esta dirección que deben tenerse en cuenta. La primera es el incremento en la conectividad y movilidad. Hoy en día, los sectores pobres de la ciudad tienen acceso a nuevas infraestructuras de transporte. El caso paradigmático es el Metro, el cual hasta hace poco era monopolio de una elite y hoy, gracias a sus nuevas líneas, llega a las zonas más populosas de la ciudad. De hecho, Metro transporta diariamente a cerca de 2,3 millones de personas, de las cuales más del 25% pertenece al grupo más bajo del espectro socioeconómico: todos los días, casi 600 mil personas de los sectores más pobres de Santiago se trasladan por la ciudad camino a sus trabajos, escuelas o encuentros sociales. Y estas cifras sólo pueden aumentar con un Transantiago en óptimo funcionamiento.
Pero no sólo se mueven las personas; también lo hacen, y para acercarse a los más pobres, los polos de actividades de la ciudad. Porque Santiago también ha multiplicado sus subcentros urbanos. Para los grupos más desfavorecidos estar lejos del centro (histórico) de Santiago era estar aislados del acontecer político, cultural y social de la ciudad. Hoy Santiago cuenta con al menos catorce centros funcionales distribuidos a lo largo y ancho de su geografía, con lo que un habitante de
Y por último, en tercer lugar, la movilidad virtual de los sectores pobres de la ciudad se incrementa día a día. Más que la conexión a Internet (que de todas formas aumentó del 19% en el 2000 al 33% en el 2003 entre la población pobre del país) impresiona la penetración de celulares, que ya ha alcanzado el 90% a nivel nacional. Esto, sin dudas, le ha significado a los grupos desaventajados un cambio de proporciones. Un estudio de
Los nuevos patrones de movilidad, los nuevos subcentros y el uso de nuevas tecnologías no eliminan el drama de la segregación en Santiago, pero la pone en perspectiva. Para mitigar la segregación, las políticas urbanas deben seguir abocadas a la integración residencial, a la mejora de barrios y a la dotación de equipamiento en éstos. Pero en vistas de una ciudad cada vez más móvil, mejorar sustantivamente el Transantiago, construir nuevas líneas de Metro y convertir sus estaciones en nodos de desarrollo local, crear una red de ciclovías, dotar de más y mejores infocentros y subsidiar el equipamiento tecnológico no deben desecharse como medidas, si no para diminuir la segregación, al menos para paliar sus efectos negativos.



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